Martin Horn American Corrections

Perspectivas sobre la evolución del sistema correccional estadounidense y del estado de Nueva York

// Entrevista: Martin F. Horn

Director Ejecutivo de la Comisión Permanente de Sentencias del estado de Nueva York, Nueva York, EE. UU.


JT: Empezó a trabajar en el sector correccional del estado de Nueva York en 1969 como oficial de libertad condicional, y se jubiló en 2009 después de haber dirigido el Departamento Correccional de la ciudad de Nueva York durante seis años. ¿Cuáles fueron los principales cambios que ocurrieron en las correccionales de Nueva York a lo largo de su carrera?

MFH: Empecé dos años antes del motín en la prisión de Attica, y ese fue un punto de inflexión muy dramático para los correccionales en el estado de Nueva York y también a nivel nacional.

Fue el comienzo de una toma de conciencia con respecto a la importancia de la gestión profesional de las prisiones, la prestación de servicios y programas adecuados, el interés por la dignidad y los derechos humanos, la formación, etc. Era el amanecer de una nueva era progresiva en las prisiones y continuó durante algún tiempo. Como resultado, las condiciones en las cárceles de todo el país han mejorado drásticamente.

El otro gran cambio que no se puede ignorar es la tecnología, ya que ha cambiado notablemente las prisiones. La tecnología, los teléfonos inteligentes, los teléfonos móviles. Ese tipo de dispositivos, de alguna manera, han convertido en obsoleta la idea del encarcelamiento.

La naturaleza del encarcelamiento, que es la separación de una persona de la comunidad, ahora es derrotada por el teléfono móvil: por esta razón, dichos dispositivos son tan deseables y tan valiosos para los reclusos. Pero, al mismo tiempo, la tecnología nos ha permitido mejorar la seguridad, la vigilancia, el perímetro de seguridad, el control de movimientos, etc.

Prisión de Attica, Estado de Nueva York

JT: ¿Cuáles considera que han sido sus mayores logros mientras dirigía los correccionales de Nueva York?

MFH: Los correccionales de la ciudad de Nueva York son duros, dirigirlos es una tarea difícil bajo cualquier circunstancia y, ciertamente, fue el trabajo más difícil que he tenido.

Estoy muy orgulloso de que, durante mi mandato, mantuvimos las cárceles seguras y las hicimos aún más seguras: ese era mi objetivo principal. Tomamos un enfoque basado principalmente en los datos, para abordar temas relacionados con la seguridad de los reclusos y del personal, y tuvimos un éxito increíble en la reducción de los niveles de violencia (recluso contra el personal/personal contra recluso/recluso contra recluso) a niveles históricamente bajos que no se han visto desde que me fui.

Además, redujimos sustancialmente la incidencia de suicidios en las cárceles; en mi último año creo que hubo cero suicidios, así que realmente hicimos mella en la prevención del suicidio. Para mí, la función más fundamental de la prisión o cárcel es mantener a salvo al público, a los presos y al personal.

Otra cosa de la que estoy muy orgulloso es del hecho de que comenzamos un programa de reingreso, al que llamamos “Planificación de alta”, que se centró en los elementos que considero importantes: la sobriedad, la vivienda y el empleo. El plan ha continuado hasta la actualidad. Esto marcó una creciente toma de conciencia de que la cárcel podía ser una oportunidad para intervenir en la vida de las personas y para abordar algunos de los problemas que estaban causando que los individuos fueran arrestados.

Así que trabajamos muy duro y, con el tiempo, invertimos muchos millones de dólares que todavía se están invirtiendo – de hecho, el trabajo se utilizó como base tras mi marcha –, en primer lugar, para identificar a las personas que llegan a la cárcel con enfermedades mentales y problemas de vivienda y adicción, y para tratar de dirigirlos a servicios basados en la comunidad después de su puesta en libertad.

Cuando una persona sale de la cárcel, esos tres elementos son fundamentales para su éxito y deben abordarse simultáneamente: el primero es la sobriedad, el segundo es la vivienda y el tercero es el empleo.

JT: ¿Podría explicar con más detalle estos elementos: sobriedad, vivienda y empleo?

MFH: Siempre he sido escéptico ante la idea de que las prisiones son un lugar donde realmente podamos rehabilitar a la gente: no estoy seguro de lo que esto significa, de cómo lo medimos y de cómo sabemos cuándo ha ocurrido. Y, curiosamente, hace poco leí un estudio que evaluaba los programas que fueron financiados por el gobierno de los Estados Unidos mediante la Ley de la segunda oportunidad (Second Chance Act, un proyecto de ley que financiaba muchos esfuerzos de reingreso y que fue aprobado por el Congreso durante la administración Bush).

Asimismo, recientemente, el Instituto Nacional de Justicia publicó los informes de los estudios evaluativos y lo que encontraron fue que muchos de estos programas no tuvieron ningún efecto de tratamiento, no tuvieron éxito. Y creo que es porque, con demasiada frecuencia, nos centramos en las cosas equivocadas.

Por lo tanto, creo firmemente – y mi experiencia me dice que esto es cierto – que cuando una persona sale de la cárcel, esos tres elementos son fundamentales para su éxito y deben abordarse simultáneamente: el primero es la sobriedad, el segundo es la vivienda y el tercero es el empleo. Y están interrelacionados: si no tienes un trabajo no puedes permitirte tener un lugar para vivir, si no tienes un lugar para vivir y estás viviendo en la calle es probable que vuelvas a tu adicción… Por lo tanto, si una persona sale de la cárcel y no se mantiene sobria, y se va a vivir a la calle o no tiene un trabajo, eso es una receta para el fracaso, ¡el ciclo se repite!

Lamentablemente, los gobiernos no hacen las inversiones necesarias para ayudar a las personas a mantenerse sobrias, ni para encontrar un lugar para vivir o encontrar un trabajo. Si invirtiéramos más y más reflexivamente en las áreas de viviendas subsidiadas, empleos de transición y prevención de recaídas, tendríamos más éxito.

 

 

JT: Nos enteramos de que, en su discurso de jubilación, reveló que tenía una desilusión: el hecho de que no ha sido capaz de cambiar la cultura del Complejo Penitenciario de Rikers Island ni siquiera un poco. (Fuente: The Atlantic, “Can a Notorious New York City Jail Be Closed?” 26 de abril de 2016). ¿Qué cultura es esa y cómo se siente al saber que Rikers Island va a ser cerrado?

MFH: Siempre he sentido que parte del problema con los correccionales de la ciudad de Nueva York radica en su insularidad: el hecho de que la mayoría de los prisioneros están en una isla donde hay diez cárceles diferentes. Esto crea una cultura insular entre el personal. Algunas veces lo comparé con el viejo anuncio de Las Vegas que decía “Lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas”; lo mismo podría decirse de Rikers Island.

¡Eso era peligroso! Era una cultura que demonizaba a los prisioneros, permitía que la ciudad y la sociedad los estigmatizara diciendo que tenían que ser enviados a esta remota isla, y ese acto simbólico le daba carta blanca a los funcionarios para que tratasen a los reclusos como si no fuesen seres humanos, sin derecho a la protección de la dignidad humana. Y esto condujo al desarrollo de una cultura de violencia que persiste hasta el día de hoy.

Me decepcionó no haber podido abrir cárceles fuera de la isla Rikers: lo intenté con todas mis fuerzas, pero no tuve el apoyo político que el proyecto tiene hoy en día. La propuesta de cerrar el complejo en la isla Rikers es encomiable y, desde luego, entiendo por qué hay que hacerlo y lo apoyo, pero creo que va a ser un objetivo difícil de lograr.

 

Complejo penitenciario de la isla Rikers, ciudad de NuevaY ork

 

Mi mayor preocupación es el hecho de que todo el tiempo y esfuerzo que se dedique a eso puede ser a expensas del tiempo y esfuerzo que se necesita invertir para que las cárceles que existen hoy en día sean seguras.

Hay evidencia de que, aunque el número de personas en las cárceles de la ciudad ha estado disminuyendo, estas instituciones se han vuelto mucho menos seguras de lo que eran al final de mi mandato. En este negocio no se puede perder de vista el objetivo y con eso quiero decir que uno tiene que enfocarse en la seguridad y la protección de las cárceles que existen en la actualidad.

También creo que la idea de que se puede sustituir todo el complejo de Rikers por cuatro edificios ubicados en los distritos [de Nueva York] puede ser un poco ingenua. A la hora de la verdad, las realidades físicas del espacio y el coste van a hacer muy difícil construir el tipo de cárceles que la gente imagina en los sitios que, hasta ahora, han sido identificados públicamente.

Podemos terminar con cárceles demasiado grandes, cárceles de gran altura que van a ser muy difíciles de operar y que son poco realistas. Creo que, debido al coste, la ingeniería de valor que finalmente tendrá que realizarse resultará en acuerdos mutuos que disminuirán la calidad de los edificios que se vayan a construir.

La propuesta de cerrar el complejo en la isla Rikers es encomiable y, desde luego, entiendo por qué hay que hacerlo y lo apoyo, pero creo que va a ser un objetivo difícil de lograr.

JT: En una entrevista, usted dijo que: «como sociedad, nos hemos vuelto adictos al uso de las prisiones». (Fuente: NSL Experience: Never Stop Learning, “Martin Horn Discusses Prison Reform”, 30/12/2017). En su opinión, ¿cómo se desarrolló esta “adicción” y cuál es el camino correcto para “curarla”?

MFH: La historia de nuestra dependencia al encarcelamiento [en EE. UU.] se remonta al período de Jim Crow: si lees el libro de Michelle Alexander, si miras el documental “13th” de Ava DuVernay, si lees el informe de National Academies escrito por Jeremy Travis y Bruce Western, comienzas a entender sus raíces.

Pero el verdadero punto de partida, para mí, fue la elección presidencial de 1968, cuando Richard Nixon y su equipo reconocieron que si iban a arrebatarle la presidencia a la histórica coalición de FDR necesitaban, de alguna manera, separar a los estados del sur de los estados del norte y del oeste, y lo hicieron jugando la carta de la raza. No tocaron directamente el tema racial, pero hablaron de la ley y el orden, lo que se convirtió en un código para el racismo.

Eso coincidió con un aumento real de la delincuencia que fue causado por el auge de la generación del baby boom (había más gente en el grupo de edad más propenso al crimen) y, a su vez, coincidió con la epidemia de heroína, con el auge de los derechos civiles y los movimientos contra la guerra… Todo esto creó una percepción en la mente colectiva del público de que el país estaba en crisis y que teníamos un problema de orden público, y permitió a los políticos jugar con esos temores.

Lo único que los políticos pueden hacer con respecto a la ley y el orden es aprobar nuevas leyes y eso es exactamente lo que sucedió. Así, a partir del período 1968-1972, se aprobaron nuevas leyes que aumentaron las penas para ampliar la red del sistema de justicia penal. Esto también coincidió con las mejoras científicas reales en la aplicación de la ley (el advenimiento del ADN, de sistemas automatizados de lectura de huellas dactilares y de técnicas mejoradas de resolución de delitos), todo lo cual condujo al aumento del encarcelamiento.

El encarcelamiento se adaptaba a las necesidades de mucha gente y, como resultado, el país no recurría a disposiciones alternativas… Es como el viejo refrán: dicen que si la única herramienta en el cinturón del carpintero es un martillo, cada problema parecerá un clavo. Bueno, si la única herramienta en nuestra respuesta al crimen es el encarcelamiento, ¡entonces cada problema parecerá un problema que requiera encarcelamiento!

Si la única herramienta en nuestra respuesta al crimen es el encarcelamiento, ¡entonces cada problema parecerá un problema que requiera encarcelamiento!

JT: Usted es el director ejecutivo de la Comisión Permanente de Sentencias del estado de Nueva York, que fue establecida en octubre de 2010 por Jonathan Lippman, quien era entonces juez principal. [La Comisión actúa en calidad de asesora del juez principal y tiene a su cargo la evaluación de las leyes y prácticas de imposición de penas y la recomendación de reformas]. ¿Cuáles son los resultados visibles de la labor de esta Comisión en pro del sistema de justicia penal de Nueva York?

MFH: Las dos cosas de las que estamos más orgullosos son el hecho de que fuimos el primer órgano en presentar una recomendación concreta para elevar la edad de responsabilidad penal, lo que finalmente ocurrió: la legislatura estatal tomó medidas hace dos años.

Y la segunda cosa: el haber presentado una propuesta muy reflexiva, muy cuidadosamente construida, para racionalizar la estructura de la imposición de sentencias en Nueva York, ya que tenemos una estructura de sentencias muy confusa: en algunos delitos vemos sentencias determinantes, algunos delitos reciben una sentencia indeterminada; y entre los delitos que reciben sentencias determinantes hay dos tipos… Por lo tanto, hemos presentado una propuesta para que la imposición de sentencias sea totalmente determinante para todos los delitos, excepto para los homicidios más graves.

Desafortunadamente, la legislatura del estado de Nueva York parece incapaz de abordar asuntos de esta complejidad en ausencia de algún tipo de crisis.

Creo que sigue habiendo, en el entorno político actual, lo que yo llamo una demonización de la gente bajo nuestra custodia.

JT: ¿Cómo ve el futuro del sistema de justicia penal en los Estados Unidos, en general, y en el estado de Nueva York en particular?

MFH: Por un lado soy optimista, porque creo que los que hemos trabajado en el campo hemos aprendido y sabemos lo que tenemos que hacer. Por otro lado, creo que sigue habiendo, en el entorno político actual, lo que yo llamo una demonización de la gente bajo nuestra custodia.

Las personas que cumplen condenas son nuestros conciudadanos y no pierden su dignidad humana en virtud de su condena penal o de su sentencia. Creo que debemos centrarnos más en la dignidad humana y reconocer que, a pesar de lo que han hecho, estas personas regresarán a casa, en nuestras comunidades, y que tenemos una obligación continua para lograr que tengan éxito.

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Martin F. Horn es profesor distinguido en el John Jay College of Criminal Justice, en la ciudad de Nueva York desde 2009. Además, es el director ejecutivo de la Comisión Permanente de Sentencias del estado de Nueva York. Fue comisionado del Departamento Correccional y del Departamento de Libertad Condicional de la ciudad de Nueva York (2003-2009) y secretario del Departamento Correccional de Pensilvania (1995-2000). Anteriormente, había sido director ejecutivo de la División de Libertad Condicional del estado de Nueva York durante diez años, entre 1985 y 1995. Martin Horn tiene una licenciatura en Gobierno del Franklin & Marshall College y una maestría en Justicia Penal otorgada por el John Jay College.

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